Elena
Desperté con un dolor sordo presionándome las sienes, de esos que me hacían querer hundir la cara de nuevo en la almohada y fingir que el mundo no existía. Me quedé allí unos segundos, mirando el techo, esperando que el dolor se desvaneciera si lo ignoraba.
No lo hizo.
Con un suspiro, me obligué a salir de la cama y caminé directamente hacia la ventana. La ciudad ya estaba despierta: coches moviéndose, gente apresurada, la vida siguiendo adelante como si nada dentro de mí estuviera girand