Elena
Elena estaba sentada en el borde de su cama, con el edredón de seda arrugado bajo su agarre de nudillos blancos mientras su mente recorría un laberinto de sombras. La mansión Scott estaba en silencio —un silencio pesado y artificial—, pero cada crujido del suelo y cada susurro lejano del viento contra los aleros la hacían sobresaltarse. No dejaba de mirar su teléfono, cuyo brillo era una intrusión dura en la habitación en penumbra, medio esperando una actualización frenética de Taylor sob