13.

Esa noche entendí que hay preguntas de los hijos que no se responden solo con palabras, sino con decisiones que te ponen en aprietos.

Mateo se había quedado dormido tarde, abrazado a Bruno, su dinosaurio, después de preguntarme si Damián podía saber que él existía de verdad. No como una conversación entre adultos, ni como un nombre incómodo que apareció después de cinco años. De verdad. Como niño. Como hijo. Como Mateo.

Yo no dormí casi nada.

Me quedé un rato en la puerta de su cuarto, mirándol
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