12.

La pregunta de Mateo no sonó como un reclamo. Sonó peor. Sonó como un niño intentando entender por qué todos conocían una parte de su vida menos él.

Me quedé inmóvil en la cocina, con la mano apoyada en la mesa y el corazón detenido. Sofía estaba a mi lado, pálida, sin decir nada. Y Mateo seguía ahí, en la entrada, descalzo, con el pijama torcido, el cabello revuelto y su dinosaurio azul apretado contra el pecho como si fuera un escudo.

—Mamá —repitió, con la voz más pequeña—, ¿Damián es mi pap
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