79.
Mateo llegó a la casa muy serio.
No triste.
Serio.
Que era peor, porque cuando Mateo se ponía serio, una sabía que su cabecita estaba trabajando más de la cuenta.
Entró con Verdadero bajo el brazo, la caja del fósil en la otra mano y esa cara de niño que acababa de tomar una decisión importante. Sofía venía detrás, comiéndose una galleta que según ella era “parte del acompañamiento emocional del proceso”.
—¿Todo bien? —pregunté mientras cerraba la puerta.
Mateo asintió.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿No