Mientras sus cuerpos se entrelazaban en un vaivén de caricias, lentamente se recostaron sobre la cama. Entienne la acomodó con una ternura reverente, como si su piel fuera de cristal, y se colocó sobre ella, sin imponer peso, solo calor, deseo contenido y amor silencioso. La besó de nuevo, esta vez con mayor hambre, pero con la misma devoción, como si cada centímetro de su piel mereciera un rezo.
Su boca descendió con calma, desde su cuello de cisne hasta sus clavículas finas, deteniéndose a ve