Entienne descendía por los pasillos en silencio, guiado por la figura que había visto cruzar el umbral de piedra, vestida de blanco y con la melena roja danzando como un incendio contenido. No dudó. Siguió los pasos de Eira hasta ver cómo ella se deslizaba por una entrada secreta, una pequeña compuerta oculta tras hierba y musgo. Sin pensarlo, empujó la piedra con cautela. La entrada era angosta y descendía en espiral. Al fondo, lo que encontró lo dejó sin aliento.
—¿Qué es este lugar…? —murmur