La penumbra envolvía la estancia del Cardenal Giovanni Borgia. Las gruesas cortinas de terciopelo escarlata dejaban apenas pasar la luz de la luna que bañaba los mármoles del Vaticano. Entre sombras, una figura delgada se movía con precisión: ordenaba libros, vaciaba el incensario, limpiaba el polvo invisible de los relicarios. Era Servio, su famulus, un hombre silencioso de rostro enjuto y mirada aguda. Nadie cuestionaba su presencia en los pasillos sagrados. Lo creían simple. Nadie imaginaba