En las profundidades del Castillo de Londres, donde las paredes antiguas aún guardaban secretos de siglos, la madrugada fue quebrada por el eco de un alarido desgarrador. En una cámara alfombrada con tapices púrpura y columnas negras de mármol, la amante del rey, Lady Geneviève, se debatía entre la vida y la muerte al dar a luz. Su llanto se mezclaba con el llanto aún más primitivo de algo que deseaba nacer, no sólo en su vientre, sino en la oscuridad de la misma tierra.
A unas puertas de dista