Después de muchas noches en vela, Entienne volvió a ver la silueta encapuchada de Martha deslizándose por los pasillos oscuros de la abadía. Pero esa vez, algo era distinto. El aire era más denso, más lúgubre. Entienne, oculto entre las sombras, siguió sus pasos hasta una zona prohibida del ala este, donde no debía haber vida ni actividad. Desde su escondite entre los pilares, lo vio todo: tres hombres, vestidos con los hábitos sagrados de la orden, arrastraban algo.
Al acercarse, sintió que el