La tierra ya cubría el cuerpo de Lírien. Una cruz de madera sin tallar marcaba el sitio donde yacía su inocencia arrancada. Eira no podía dejar de llorar; el dolor era un manto pesado que le oprimía el pecho. A su alrededor, algunas de las hermanas lloraban en silencio, otras dejaban escapar lamentos ahogados. Incluso la pequeña bebé que había sido abandonada apenas unas semanas antes lloraba con una insistencia desconsolada.
Eira se acercó a la hermana que la sostenía.
—Déjamela un momento —su