41. El disgusto
—¿Qué te dijeron? —preguntó Hariella, después de que terminara la llamada.
—Tal como usted predijo, han pospuesto su venida para mañana.
—Era de esperarse. —Hariella se acomodó el cinturón de seguridad, entrecruzó sus brazos, sus piernas y cerró sus párpados—. Primero vayamos a mi mansión para avisar a Amelia de la visita de mis padres, para que prepare todo y luego iremos a la empresa.
El día avanzó rápido y sin imprevistos. Era tarde y el rutinario ocaso ya volvía a pintar las alturas de anara