El anuncio del compromiso había explotado como una bomba entre las élites. Y mientras los medios especulaban, Sara vivía dentro de la mansión Sinclair como si caminara por un campo minado.
No podía darse el lujo de fallar.
Scott no se lo había pedido con palabras, pero lo había dejado claro con su actitud: su futuro —y el del bebé— dependía de que este compromiso pareciera perfecto.
Desde temprano, el mayordomo, el asistente y un par de institutrices de etiqueta la rodeaban como si fuera una pi