La mañana siguiente amaneció distinta.
No era la tenue luz dorada que solía colarse entre las cortinas de la mansión. No era el olor del café recién preparado que normalmente anunciaba el inicio del día. Era algo más… un aire tenso, cargado, como si cada rincón de la casa contuviera una respiración contenida.
Sara abrió los ojos lentamente, sintiendo esa atmósfera pesada antes incluso de entender por qué.
—Buenos días… —murmuró para sí, acariciando con suavidad su vientre apenas redondeado. Aún