Aylén cerró los ojos, aspirando el aroma a pino y a tierra húmeda que se desprendía del pelaje de Ares. Por un momento, el mundo exterior desapareció: no había coronas, ni calabozos, ni profecías oscuras. Solo estaban ellos dos, regresando a la esencia de lo que siempre fueron antes de que la ambición de otros los alcanzara.
Ares comenzó a lamerle las manos con suavidad, un gesto de devoción que hizo que Aylén soltara una pequeña carcajada entre lágrimas. El lobo se separó apenas unos centímetr