Kael se despojó de su camisa, dejando al descubierto la musculatura tensa de su espalda y las cicatrices que narraban su historia como guerrero. Al acostarse, el colchón cedió bajo su peso y Aylén, buscando el calor que solo él podía darle, se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón.
—Mañana te llevaré al bosque —susurró Kael, y su voz resonó vibrando contra el oído de ella—. Al lugar donde nos vimos por primera vez, donde me curaste cuando era solo un lobo herido.