Victoria sollozó, un sonido débil que se perdió entre las paredes de piedra. No era el llanto de una madre consolando a su hija, sino el de una mujer que finalmente veía los escombros de su propia vida. Elara, a pesar del fuego que sentía en su espalda, estiró una mano hacia la camilla de su madre, rozando apenas sus dedos.
—Nosotras la llamábamos débil porque no tenía nuestra malicia —continuó Elara, con la mirada perdida en la penumbra—. Pero mira ahora. Ella sigue de pie, y nosotros estamos