Rhevan no perdió tiempo. Al salir de la enfermería, ordenó a un pequeño grupo de rastreadores que partieran de inmediato hacia las tierras bajas del río seco. Sabía que Kael no era el tipo de hombre que dejaba cabos sueltos, y si había una deuda mística pendiente por su visión, las consecuencias podrían ser catastróficas.
Mientras tanto, en los niveles superiores del castillo, la tensión era distinta. Kael había hecho que llevaran el desayuno a los aposentos. Observaba a Aylén con una atención