Rhevan salió de los aposentos con el rostro rígido, sintiendo que cada paso por los pasillos de piedra pesaba una tonelada. Tres días. Era un respiro insuficiente, una prórroga que apenas serviría para cerrar las heridas superficiales, pero no para sanar el daño interno.
Al regresar a las celdas de curación, encontró al médico intentando bajar la temperatura de Victoria con paños empapados en agua de sauce.
—Tres días —anunció Rhevan con voz hueca—. Es todo lo que el Alfa Supremo ha concedido.