En la penumbra de las celdas de curación, el ambiente era pesado, cargado con el olor metálico de la sangre y el aroma acre de las hierbas medicinales. El médico real trabajaba a contrarreloj sobre la espalda de **Enos**, mientras su ayudante intentaba contener los temblores de Victoria.
—Rhevan, necesito que nos ayudes, no podemos solos —dijo el médico, sin levantar la vista de las profundas heridas de Enos—. ¿Puedes, por favor, encargarte de curar a la chica?
Rhevan asintió con un silencio so