En la penumbra de la enfermería, el ambiente seguía cargado con el aroma de las hierbas amargas y el eco de los quejidos sordos de Enos y Victoria. Rhevan continuaba apoyando al médico, moviéndose con una eficiencia silenciosa entre las camillas, cuando un leve sonido lo hizo detenerse.
—¿Puedes... darme agua? —susurró Elara. Su voz era apenas un hilo quebradizo, tan débil que parecía que el aire se le escapaba de los pulmones.
Rhevan asintió sin decir palabra. Sus botas resonaron suavemente so