Elara observó toda la escena desde las sombras, con los ojos desorbitados y el pulso acelerado. Al ver que Kael no reaccionaba como esperaba y que Rhevan comenzaba a dar órdenes de caza, el pánico la invadió. Se puso de pie de un salto y corrió hacia la habitación de la servidumbre; al entrar, cerró la puerta con una suavidad extrema, temiendo que el más mínimo crujido delatara su posición.
—Esto no puede estar pasando... esa maldita bruja me ha engañado —siseó entre dientes, con la voz cargada