La tensión en el gran comedor era sofocante. El eco de los gritos de Elara aún vibraba en las paredes, dejando a Aylén con el rostro pálido y la mirada fija en el suelo de piedra. Rhevan, cuya mandíbula permanecía tensa por la furia contenida, dio un paso hacia la Luna.
—Luna, si me lo permite, puedo hacer que hable —dijo Rhevan con una voz gélida que no dejaba dudas sobre sus métodos—. No descansaré hasta que confiese qué clase de ponzoña ha traído a este hogar.
Aylén levantó la vista, encontr