En la habitación, apenas iluminada por la tenue luz de la luna, Esla abandonó su forma lobuna con un suspiro grave, casi gutural. Elara quedó sola, vulnerable, temblando bajo el efecto ardiente del afrodisíaco. El calor subía por sus piernas, su pecho palpitaba con fuerza. Tomó una sábana con la intención de cubrirse, no por pudor, sino por el intento inútil de calmar aquel fuego que ardía en su interior.
Entonces, la puerta se abrió de golpe.
Jarek apareció en el umbral, su figura imponente, el