Heller la miró con ojos llenos de rabia, el ceño fruncido y los labios tensos.
Cada fibra de su cuerpo vibraba con la furia contenida, un torbellino de emociones que amenazaba con arrastrarlo por completo.
Eyssa permanecía frente a él, su semblante firme, aunque un brillo de dolor asomaba en sus ojos. El silencio entre ambos se hacía insoportable, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para observar aquel instante fatídico.
La sacerdotisa rompió el silencio con voz solemne, serena pero cargada de autoridad.
—Príncipe Heller, comience, por favor —dijo.
Heller apretó los puños con tal fuerza que los nudillos se le blanquearon. Durante largos segundos, permaneció inmóvil, atrapado entre la furia, el amor y la desesperación.
Cada segundo parecía una eternidad; su respiración se volvió pesada, cada inhalación y exhalación un recordatorio de lo que estaba a punto de hacer. Por fin, con un hilo de voz que apenas parecía suya, habló.
—Yo… Heller, príncipe del Norte… te rechazo a ti… Eyssa