Con discreción profesional pero haciendo malabares para no llamar la atención, Richard guió a los dos policías uniformados por la entrada trasera del edificio, evitando cuidadosamente las áreas comunes. Los agentes, visibilmente molestos por el recorrido innecesario, subieron los cuatro pisos por las escaleras de servicio en lugar de usar el cómodo ascensor, resoplando con cada escalón.
—¡Han intentado matarme! —anunció Denise en cuanto los vio cruzar el umbral de su oficina, con la voz cargada