En el club «Gatos Salvajes», la música de vibras electrónicas dio paso a una ranchera que, con su tono folklórico, permitió el acercamiento de quienes estaban en la pista de baile.
El fuerte brazo del tipo de la gasolinería, con quien Mónica había intercambiado miradas desde que llegó, le rodeó la cintura y bailaban animadamente. Bri, que bebía en la barra y se abanicaba por el calor asfixiante, se acercó a ella.
—Tengo un poco de dolor de cabeza, creo que me iré a casa.
—¿Tan temprano? —