EMELY.
La tarde empezó a caer, tiñendo el cielo de un naranja oscuro que se filtraba por las ventanas de la habitación. Yo estaba frente al espejo, mirándome con frustración. Me pasaba las manos por los costados, sintiendo cómo la ropa me apretaba en lugares donde antes me quedaba holgada.
—No tengo nada especial que ponerme —me quejé en voz alta, dándome la vuelta para mirar a mi suegra Selene y a Kasidy, que estaban sentadas cerca—. No tengo un vestido hermoso que me quepa con esta panza. Par