EMELY.
Uno. Dos. Tres.
La madera del blanco saltaba en astillas plateadas bajo la toxicidad de las balas.
Cuatro. Cinco. Seis.
Seis impactos, uno sobre otro, en un grupo tan cerrado que habrían cabido bajo la palma de mi mano. El silencio que siguió en el campo fue sepulcral. Bajé el arma, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el destrozo que acababa de causar.
Soraia se quedó de piedra, con el bebé en brazos y la boca ligeramente abierta. Jako y Aleria dejaron de correr, mirando