EMELY.
Cinco días habían pasado desde que la sangre y el lino nos unieron, y la paz, aunque tensa, se mantenía como una tregua bendecida por la luna. El campo abierto se extendía frente a nosotros, un manto verde que servía de polígono de tiro improvisado bajo el sol de la mañana.
Soraia, la esposa de Garino, nos acompañaba sentada sobre una manta un poco más atrás. Mecía con suavidad a su bebé de apenas un año, mientras Jako y Aleria correteaban metros más adelante, sus risas siendo el único s