EMELY.
Un grito ahogado escapó de los labios de mi suegra, Selene, y Magnus golpeó la mesa con el puño.
—¡Es un suicidio! —rugió Magnus—. ¡Una conversión en su estado la mataría antes de que el primer hueso se rompa!
—No si es ella —insistió Olivar sin dejar de mirarme—. No si su alma es la que regresó para encontrarse con la mía.
Me quedé helada. Convertirme. Pasar de ser la mujer frágil y pequeña a la que todos miraban con lástima, a ser una de ellos. Miré mis piernas delgadas, mis manos temb