EMELY
En cuanto la puerta se cerró tras Olivar, el silencio de la habitación se sintió pesado, casi eléctrico. Me puse de pie. Mis piernas, que deberían estar débiles tras días de inactividad, se sentían como resortes tensos. Caminé hacia el baño ignorando la mirada de reojo de Sebastián y Kasidy.
Me encerré y me apoyé en el lavabo. Al mirarme al espejo, me costó reconocerme. No era solo el brillo plateado que iba y venía en mis ojos; era la expresión. Había una dureza en mi mandíbula que nunca