EMELY.
—Puedes torturar a toda la manada si quieres —prosiguió Olivar, dando un paso más hacia la lente, como si pudiera oler el miedo del monstruo—, pero eso solo confirma tu derrota. Un hombre que tiene el amor de su mujer no necesita cámaras ni cadenas. Tú solo tienes el eco de un rechazo milenario. Míranos, Vargo. Ella está aquí, conmigo. Y tú estás ahí solo, en un rincón oscuro, mendigando un segundo de nuestra atención a cambio de dolor. Eres un mendigo de poder, y ella... ella nunca será