Aitana
El aire se purificó después de la partida de Arturo y Doña Elena. La mansión, que siempre se había sentido como una cárcel de oro, ahora se sentía como un hogar, aunque uno cimentado en las cenizas de una elaborada traición. La paz era un lujo que nos permitíamos por primera vez.
Isabella, ajena a la última confrontación, estaba encantada con la idea de la "gran fiesta" que Sebastián y yo habíamos prometido. Ella no sabía que sería nuestra boda, la segunda, la verdadera.
—Mamá, ¿será un