Sebastián
La figura de mi padre, Arturo Belmonte, recortada contra las luces del porche, era un golpe demoledor. No era el fantasma que mi madre me había forzado a aceptar, sino un hombre de carne y hueso, perfectamente conservado, con la arrogancia intacta y el cinismo de un criminal que había escapado a la justicia durante décadas.
Mi madre, Doña Elena, estaba exultante. Había usado su exilio para encontrar la pieza que me faltaba y así, retomar la guerra desde una posición de poder absoluto.