Capítulo 31: El fantasma de Arturo

Sebastián

La figura de mi padre, Arturo Belmonte, recortada contra las luces del porche, era un golpe demoledor. No era el fantasma que mi madre me había forzado a aceptar, sino un hombre de carne y hueso, perfectamente conservado, con la arrogancia intacta y el cinismo de un criminal que había escapado a la justicia durante décadas.

Mi madre, Doña Elena, estaba exultante. Había usado su exilio para encontrar la pieza que me faltaba y así, retomar la guerra desde una posición de poder absoluto.
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