Aitana
El viaje de regreso a la mansión Belmonte fue un túnel de silencio tenso. El vestido esmeralda, ahora manchado con un rojo vibrante y agresivo, se sentía como una marca de vergüenza y una advertencia. Julián había golpeado, y lo había hecho justo después de nuestro beso.
Sebastián conducía con una furia controlada, sus nudillos blancos apretados en el volante.
—Tu hermano es un idiota —espetó, rompiendo el silencio.
—Mi hermano es un jugador —repliqué, quitándome el anillo de compromiso