Sebastián
Despertar junto a Aitana era un ejercicio diario de tortura y fascinación. La cama era grande, pero el espacio entre nosotros se sentía minúsculo. Podía oler el suave aroma a vainilla de su cabello, y a veces, en la oscuridad, sentía el calor de su cuerpo si se movía en sueños. Cumplía el pacto, manteniendo las manos quietas, pero mi mente era una explosión de recuerdos y deseos prohibidos.
Dos días después, estábamos en Maldivas. La luna de miel de defensa había comenzado.
La villa s