Sebastián
El café se detuvo. El grito de Julián, seguido por la entrada triunfal de mi madre, congeló la escena como un fotograma de una película de desastre. Acababa de obtener la firma de Aitana, asegurando el control y, supuestamente, la protección, pero la irrupción de Julián significaba que mi plan, orquestado bajo el chantaje de Doña Elena, estaba a punto de explotar.
—¡Aitana, no firmes! —repitió Julián, corriendo hacia la mesa con una carpeta en la mano—. ¡No le des a este miserable el