Habían pasado dos días desde el regreso de Dakota. Esa tarde, el cielo estaba despejado y la brisa del mar arrastraba un suave aroma a sal. En la playa, ella jugaba con un grupo de niños, riendo mientras les ayudaba a construir un castillo de arena. Desde la terraza, Alekos la observaba en silencio, tal y como le había ordenado su padre: mantener la distancia. Sin embargo, no podía evitar el nudo en el estómago al verla. No lograba asimilar que la había perdido.
Por los comentarios de los empleados, sabía que Dakota no había salido de la propiedad y que Christopher Anastas no la había visitado. Tampoco habían hablado.
—¿Vas a quedarte de brazos cruzados mientras otro te la roba? —la voz de Stavros, grave y algo burlona, lo sacó de sus pensamientos.
Alekos se giró. Su padre siempre aparecía en el momento más inoportuno.
—Tú me ordenaste que no la molestara —respondió, sin disimular su molestia.
—Ah, así que ahora decides obedecerme… —Stavros frunció el ceño—. Muy bien, pues ahora