Alekos amaneció muy temprano, pero con más energía de lo habitual. Iría a la oficina a trabajar, pero primero pasaría a desayunar con Irina. Mientras se vestía, vio las marcas que Dakota había dejado en su hombro y no pudo evitar sonreír.
Cuando Alekos llegó a la casa de su padre, Ravelli todavía dormía.
—Buenos días, Hipólita. ¿Mi padre se ha levantado?—Buenos días, joven, su padre se encuentra en el jardín.
—Voy a desayunar aquí —informó Alekos.
Hipólita asintió y se retiró. Alekos subió hasta el cuarto de Irina.
—Buenos días, hija —le dijo mientras la llenaba de besos.—Papá, viniste —respondió Irina, abrazando a su padre—. ¿Y mamá? —preguntó.—Vamos a verla, pero primero debes vestirte —le dijo Alekos.
Cuando pasaron por el dormitorio de Dakota, se encontraron con la abuela Teresa.
—Sigue dormida, me extrañó que no respondiera y entré —informó Teresa.
—Dejemos que duerma —dijo Alekos.
Bajaron a desayunar al jardín, donde ya se encontraba Stavros.
—Buenos días —dijo Stavros