La luz de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la mansión Montalvo, tiñendo las paredes de un cálido color dorado. Todo parecía tan tranquilo, tan sereno, pero en el fondo, los ecos del tumulto de la noche anterior aún resonaban. Esteban Montalvo ya no era el hombre que había gobernado la ciudad con mano de hierro. Había caído de la manera más humillante, su nombre arrastrado por el fango de la verdad. Ahora, solo quedaban los escombros de lo que alguna vez fue su imperio. Iván y N