La noche cubría la ciudad con su manto de oscuridad, pero dentro de los confines de la finca de Esteban Montalvo, las luces brillaban intensamente, como faros que iluminaban el abismo. La gran casa, rodeada de jardines bien cuidados y cercada por altos muros, era un reflejo del poder de su dueño, un emblema de riqueza y control. Las paredes de mármol y los ventanales de cristal parecían presagiar lo que estaba por suceder en su interior.
Iván había llegado horas antes, disfrazado, infiltrándose