La herencia del desprecio
La herencia del desprecio
Por: Scarlett Summers
Capítulo 001 - La carta

Todos esperaban lo mismo: dinero, propiedades, parte de la empresa... Pero el abogado cerró la carpeta sobre la mesa con calma.

—Para dar inicio a la lectura del testamento del señor Santiago Echeverría —dijo—, debo pedir que todos se retiren, a exepcion de Sebastián.

El murmullo comenzó de inmediato.

—¿Qué? —la voz del padre de Sebastián cortó el aire—. ¿Y nosotros qué? Somos sus hijos, su familia...

El abogado no se inmutó. Solo repitió la petición, esta vez con más firmeza:

—Si no salen, no habra lectura. Así de simple.

El silencio se hizo más pesado.

Sebastián finalmente habló.

—Salgan.

Todos se giraron a verlo, consternados. Nadie quería obedecer. Pero al final comenzaron a levantarse y a salir uno tras otros, mientras murmuraban protestas y lanzaban miradas de resentimiento hacia el abogado y Sebastián.

El último en salir cerró la puerta con fuerza y el sonido resonó en toda la habitación.

Sebastián se sentó lentamente frente al escritorio.

—Empiece —dijo.

El abogado abrió su malentín y sacó un sobre sellado.

—Esto es para usted —dijo.

Sebastián frunció el ceño y tomó el sobre. Al detallarlo mejor, vio la letra de su abuelo: Para Sebas. No pudo evitar el vuelco en su corazón y que los ojos se le empañaran, pues así solo le decía él, su abuelo.

Sebastián rompió el sello y rápidamente saco el papel, lo desdobló y leyó:

“Sebastián, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy y te debes estar preguntando por qué te elegí solo a ti. Estoy seguro que el resto de la familia está furiosa en este momento. Me alegra. Pues pasé mis últimos años rodeado de personas que solo me visitaban cuando necesitaban dinero. Todos… excepto tú.”

Sebastián detuvo la lectura y tomó una hinda bocanada de aire, soltandola de golpe.

“Tú siempre fuiste distinto al resto. Tú no venías a mí por dinero. Venías porque me querías, me respetabas... Venías a verme. A hablar conmigo. A jugar ajedrez. Eso te convierte en el único que todavía conserva algo que esta familia perdió hace mucho tiempo: humanidad.”

De nuevo hizo una pausa, porque el llanto en sus ojos amenazaba con desbordarse.

“Ahora vamos al punto importante. Durante los últimos años de mi vida, alguien cuidó de mí cuando nadie más lo hizo. Juliana. Ella no pertenece a nuestro mundo, y eso es exactamente lo que me hizo encariñarme con en ella, porque ella se parece a ti aunque no lo creas. Es amable de forma genuina, no porque se le pague. Y te soy sincero, de haber tenido 40 años menos, la habría hecho mi esposa, porque mujeres como ella, ya no existen en este mundo...”

Sebastián exhaló una risa corta, incrédula.

“Pero no es para mí. Es para ti.”

—¿Qué? —dijo Sebastian entre dientes y levantó la mirada hacia el abogado que lo observaba con atención—. Esto es una broma, ¿verdad?

El abogado se mantuvo sereno.

—No lo es. Lea hasta el final, por favor.

Sebastián volvió a la carta...

“Sé lo que eres, Sebastián. Sé cómo te han criado, pero también sé que eres el único que puede romper el ciclo de arrogancia, de avaricia, de ambición... que se apoderó de esta familia.

Te he dejo toda mi fortuna a ti. Solo a ti. No dejaré ni un solo centavo a mis hijos ni a sus vástagos contaminados. Pero hay una condición.”

Sebastián frunció el entrecejo.

“Para acceder a mi herencia, deberás casarte con Juliana Ríos.”

—¿Pero que coño es esto? —Sebastián dejo la carta sobre la mesa y se puso de pie de un salto—. No pienso hacer semejante cosa.

—¿Leyó la carta completa? —preguntó el abogado, no por curiosidad sino para asegurarse de cumplir correctamente el protocolo.

Sebastian negó con la cabeza.

—No necesito seguir leyendo. Se nota a leguas que mi abuelo estaba desvariando cuando escribió esa carta.

—Señor, debe leer la carta completa.

Resignado, Sebastián tomó de nuevo la carta y la terminó de leer:

“Y sé lo que estás pensando. Entiendo muy bien que Juliana no encaje en tus absurdos estándares de belleza. Sé el tipo de mujeres que te atraen, lindas por fuera, pero vacías por dentro. Juliana no es eso. Y precisamente por eso te hago este obsequio. Quizás no te des cuenta ahora… pero la belleza real no es la que entra por los ojos. Es la que se te queda dentro sin pedir permiso. Y Juliana es eso. Es calidez humana, paciencia, lealtad. Y eso, Sebastián… eso es mucho más valioso que la belleza física. Podrías mirar su cuerpo y no entender por qué te hablo así de ella. Podrías pensar que he perdido la razón. Pero si le das la oportunidad, si la miras de verdad… vas a ver lo que yo ví.”

Sebastián dejó el papel sobre la mesa y se echó a reir.

—No. No vo a hace semejante cosa —sintió que un escalofrío le recorria la espalda—. No voy a casarme con... esa mujer.

—De acuerdo, está en todo su derecho a negarse, pero si no se casa con Juliana Ríos en seis meses, la herencia total de su abuelo pasa automáticamente a nombre de ella.

—¿Que dijo?

—Tal como lo oye.

—Mi abuelo perdió completamente la cabeza.

El abogado lo observó y añadió:

—Hay otra cosa —dijo el abogado.

—¿Más?

—Debes permanecer casado con ella, por lo menos un año para que todo tenga validez.

—Esto no tiene sentido.

El abogado cerró su malentín.

—Es la voluntad del señor Santiago Echeverría y ha quedado notificado.

El abogado cerró su maletín con calma.

»Eso es todo —dijo.

Se levantó y salió del despacho.

Sebastián se quedó de pie. Inmóvil. Sin mirar nada en concreto.

Exhaló una risa corta, sin humor, y dijo entre dientes.

—¿Cómo demonios voy a hacer para casarme con una mujer a la que ya le rompí el corazón y de seguro me desprecia?

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