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Capítulo 003 - Obligación

Minutos antes…

Apenas llegó al borde de las escaleras, los vio a todos. Sus miradas se clavaron en Sebastián como agujas. Su padre, en el centro. Recto. Inamovible. Su madre, rígida, con las manos entrelazadas con una tensión que delataba control más que calma. Su tía Isabella inclinada hacia adelante, como si la paciencia le quemara la piel. Su tío Rafael con esa sonrisa torcida que nunca significaba nada bueno. Sus primos… su hermana… todos ahí, esperando.

—¿Qué pasó? —soltó Tomás antes de que Sebastián terminara de bajar—. ¿Qué te dijeron?

—¿Por qué te querían a solas? —añadió Camila de inmediato.

—¿Qué te dejó el abuelo? ¡Habla ya! —insistió Cristóbal.

Las voces se superpusieron.

Una encima de otra.

Como si quisieran arrancarle la verdad a la fuerza.

Sebastián no respondió, solo los observó en silencio, porque ya los conocía y si algo había aprendido en esa familia era que el dinero no tenía amigos. Sabía que justo en ese momento, todos calculaban cuánto les correspondía de la cuantiosa fortuna que había dejado su abuelo.

Si daba un paso en falso, se convertía en el objetivo.

Respiró lento y los miró uno por uno, sin emoción, evaluándolos.

Entonces habló.

—Mi abuelo me dejó toda su herencia.

El silencio que siguió fue de incredulidad.

—¿Qué? —explotó Rafael, riéndose sin humor—. ¿Todo para ti?

—¿Qué te hace tan especial... —escupió Isabella—, para que él te dejara todo a ti y a nosotros nada?

—Esto es un error —intervino Tomás—. Tiene que ser un error.

Las voces se mezclaron otra vez, pero Sebastián ya no las escuchaba,, solo veía rostros llenos de ambición, envidia y hambre.

Su padre, en cambio, solo lo observava, y ese era un gran problema, porque cuando Héctor Echeverría callaba, era muy peligroso. Entonces levantó la mano, un gesto mínimo.

—Vamos al despacho —dijo con voz baja—. Tú y yo.

El caos se encendió otra vez.

—¿Otra vez a solas? —se burló Rafael—. ¿Qué es esto ahora, secretos de familia?

—Esto no tiene sentido —añadió Isabella.

—Ya basta —intervino Renata, tensa—. Sea lo que sea que tenga que hablar, haganlo aquí, frente a todos.

Pero Héctor no respondió, solo los miró con dureza y todos se quedaron callados.

Luego se giró y comenzó a caminar, seguido por Sebastián.

El despacho estaba al final del pasillo.

Héctor entro primero, luego su hijo.

—¿Qué tienes que hacer para acceder a la herencia? —inquirió Hector sin rodeos.

Sebastián sintió el golpe directo, aunque no respondió de inmediato.

»Habla —insistió Héctor—. Conozco a mi padre. Nunca daba algo gratis, siempre pedía algo a cambio.

Sebastián respiró hondo y habló.

—Tengo que casarme con Juliana Ríos.

Héctor parpadeó una vez,  luego dos, y luego soltó una sonora carcajada.

—No, Sebastián —dijo negando—. No es momento de bromas.

—No es una broma —respondió él—. Me dejó esta carta. Leela.

Héctor tomó el papel y lo leyó en silencio, sin expresión alguna.

—Mi padre siempre fue un hijo de puta creativo —murmuró al fin—. Pero esto… esto es nuevo —le devolvió la carta a su hijo—. ¿Y qué más? ¿Que más te pidió el viejo?

—¿Te parece poco que me haya pedido casarme con una mujer que... no me gusta ni un poquito?

—Por favor, Sebastián, qué dramático eres —soltó Héctor sin emoción—. Eso es irrelevante.

Sebastián lo miró.

—¿Irrelevante? No la quiero.

—Esto no es sobre amor, hijo. Es sobre dinero —Se acercó y puso su mano sobre el hombro de Sebastián—. Esto es simple. No te compliques. Tu abuelo quería jugar. Pues juega.

Silencio.

»Te casas con ella, cumples con el requisito y recuperas lo que es nuestro.

Sebastián lo miró con tensión.

—¿Así de fácil lo ves?

—Sí.

Héctor retiró la mano y caminó hacia el escritorio.

—Dime, ¿hay algo más?

—Debo permanecer casado con ella por lo menos un año.

—¿Hijos?

—No, no me pidió tener hijos con ella.

—Más fácil todavía —masculló Héctor—. Ahora escúchame bien, Sebastián. No tienes que enamorarte de ella. Solo tienes que casarte y ya. Cumple con tu parte. La mandas a otro país, o con un cirujano, que sé yo, lo que dé la gana. La fortuna Echeverría no se puede perder por el desvarío de un viejo cursi.

Pausa.

»Trágate tus prejuicios y ve a buscar a esa mujer.

—No es tan fácil, padre —masculló Sebastian.

—¿Por que no? Ella es una mujer y tú un hombre.

—No es tan simple.

—Claro que es simple —respondió Héctor, levantando una mano—. Mañana la invitas a desayunar, la llevas a caminar por unn parque, le das flores, hablas con ella... Las mujeres… ya sabes… reaccionan a eso.

—Papá —lo interrumpió Sebastián, tenso—. Ella no va a querer casarse conmigo.

—¿Y por qué no? Tal como yo lo veo, esta sería la oportunidad de su vida... una mujer como ella, que... bueno, no tiene dinero y tampoco es bonita... ¿crees que va a desaprovechar casarse con un partidazo como tú? Solo es custión de conquistarla, de... ya tu sabes. Las mujeres como ellas caen rápido. Solo tienes que endulzarle un poco el oído.

—Eso no va a funcionar —respondió Sebastian.

—¿Y por que no? Todas son iguales. Palabras lindas, un par de flores, una joya linda y abren la piernas.

Sebastián sintió cómo la presión en el pecho volvía a subir, porque no era fácil explicarlo.

—Porque yo la destruí —dijo sin más.

Héctor frunció el ceño otra vez.

—¿Qué? ¿Que sigifica como?

Sebastián bajó la mirada un segundo.

—Hace ocho años hice una apuesta con Cristóbal y Tomás —dijo al fin—. El que lograra hacer que ella se enamorara primero… ganaba. A mí me tomó solo tres semanas para llevármela a la cama.

—¿Y qué? —dijo Héctor, alzando apenas la voz—. ¿Te la cogiste, le diste quizás los mejores días de su vida? Debería estar agradecida, ¿no?

Sebastián lo miró de inmediato.

—No.

El tono salió más duro de lo que pretendía.

Héctor parpadeó, incómodo con la reacción.

—Papá… no entiendes.

—Entonces explícame.

Sebastián respiró hondo.

Esta vez no hubo forma de suavizarlo.

—Yo le hice creer que la amaba —dijo—. Pero cada vez que la tocaba o la besaba… sentía asco.

El despacho se quedó en silencio por unos segundos.

Sebastián continuó, más bajo ahora.

»Y ella lo escuchó. Me escuchó decírselo a Cristóbal y a Tomás por que ellos querían que siguiera prolongando ese morboso juego, pero yo ya no podia seguir haciendolo, no podía seguir jugando con los sentimientos de ella...

Héctor se quedó inmóvil unos segundos y luego soltó una risa breve, incrédula.

—Estás jodiéndome, ¿verdad?

—No, padre.

El aire pareció volverse más pesado.

Sebastián lo miró por primera vez sin defensa.

—Me odia. Y tiene toda la razón para hacerlo.

—Bueno —dijo al fin—, entonces tienes que solucionarlo.

Sebastián lo miró en silencio.

»Pídele perdón.

Hizo una pausa breve.

»Y cuando ella te perdone, la reconquistas. Es simple.

Sebastián soltó una risa sin humor.

—¿Reconquistarla?

—Sí —respondió Héctor, firme—. Porque te recuerdo algo que pareces haber olvidado en medio de tu drama romántico adolescente: Si no cumples la condición del testamento, no puedes reclamar la herencia.

El silencio volvió a caer, esta vez más denso.

Héctor se inclinó ligeramente hacia adelante.

»Así que empieza a pensar en una manera de arreglar las cosas con esa mujer.

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