Juliana se dejó caer en el suelo y se abrazó a sí misma, mientras las lágrimas salían a raudales de sus ojos. Porque no era solo lo que él había dicho. Sino porque, de nuevo, Sebastián había encontrado una forma de lastimarla.Los recuerdos llegaron sin avisar. Las risas, las miradas, la forma en que él la tocaba, los besos... El primero, torpe, escondido, como si el mundo no existiera, las palabras suaves que le hicieron creer que, por primera vez, no había algo mal en ella, que su cuerpo no era imposible de desear, que alguien podía mirarla… y elegirla.Juliana cerró los ojos con fuerza y el recuerdo se torció.Las carcajadas de Cristóbal y Tomás retumbaron en su mente con crueldad, las palabras burlonas, la verdad cayendo encima de ella como un golpe.No había sido amor. Había sido un juego. Una apuesta. Y lo peor no era solo eso. Era que ella le había creído ciegamente, se había entregado por completo, incluso cuando se lo dijo, cuando le comentó lo importante que era para ella gu
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