Mundo ficciónIniciar sesiónSebastián estaba de pie frente a Juliana, inmóvil. Tenía la mandibula tensa, los hombros rigidos y la expresión de alguien que no debería estar ahí, pero que no tenía opción.
Ella lo miró confundida.
«¿Que hace él aquí?», se preguntó en su mente.
El silencio entre ellos era denso, cargado de todo lo que no se había dicho durante años.
—No… esto es una locura —dijo Sebastián entre dientes, retrocediendo y dándose la vuelta.
Juliana parpadeó, más confundida que nunca, como si no estuviera segura de haberlo escuchado bien. Y antes de que él pudiera girarse del todo, antes de que pudiera escapar de ese momento, su mano salió con rapidez y lo sujetó del brazo.
El contacto fue mínimo, pero suficiente para detenerlo.
—¿Qué es una locura? —preguntó ella, sin elevar la voz, pero con una firmeza que venía de algo más profundo que la simple curiosidad.
Sebastián se quedó quieto.
El gesto de ella lo había desarmado más de lo que habría querido admitir. No era solo la mano en su brazo. Era el hecho de que ella lo estaba tocando, incluso después de todo lo que pasó entre ellos. Él bajó la mirada hacia ese punto de contacto, y por un instante, algo en su expresión se suavizó lo suficiente para dejar ver lo que intentaba ocultar.
Culpa.
Los recuerdos se agolparon en su mente...
Juliana lo sostuvo un segundo más, como si necesitara una respuesta, como si no estuviera dispuesta a dejarlo ir sin explicación.
Sebastián hizo con movimiento brusco, como si intentara recuperar el control de sí mismo.
Juliana retrocedió apenas medio paso por instinto, pero no apartó la vista de él.
Sebastián negó levemente, como si estuviera hablando consigo mismo.
—No… no debí venir aquí.
La frase salió con la voz rota.
»No debí venir a buscarte.
Juliana sintió cómo que creía olvidado se activaba dentro de ella al escuchar esas palabras. Él ya estaba girándose cuando ella habló otra vez.
—¿Qué? —dijo Juliana, con una calma peligrosa—. ¿Tuviste un pequeño arrebato de culpa y ahora te arrepientes?
Sebastián se detuvo, pues el cuerpo entero se le tensó.
Y algo dentro de Juliana se volvió a romper, como la primera vez.
Ocho años habían pasado, y sin embargo, todo seguía ahí.
Ocho años en los que ella había esperado una disculpa, pero que nunca llegó.
Y ahora lo tenía frente a ella, como si nada.
Sebastián giró, la miró a los ojos y volvió a negar con la cabeza.
—Esto fue un error. No debí venir.
Juliana soltó una risa breve, sin alegría, sin humor.
—Claro —dijo ella, inclinando apenas la cabeza—. Para Sebastián Echeverría es muy dificil pedir disculpas, incluso después de ocho años.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Yo no vine a eso.
Juliana dio un paso más hacia él.
—¿Para qué viniste entonces, Sebastián? ¿Para asegurarte de que sigo siendo lo suficientemente tonta como para engañarme otra vez?
El silencio volvió a caer. Más duro. Más incómodo.
Juliana respiró hondo, pues los ojos se le humedecieron sin permiso, y eso la enfureció.
»Ocho años —repitió, esta vez más bajo—. Ocho años esperando que al menos fueras capaz de mirarme a la cara y decir algo. Lo que fuera. Una disculpa. Una explicación. Algo humano.
Sebastián no respondió, y ese silencio fue peor que cualquier palabra.
Juliana soltó una exhalación temblorosa.
»Ni siquiera la muerte de tu abuelo ha podido cambiarte —murmuró, con la voz quebrándose al final—. Sigues siendo el mismo, cruel y egoísta.
Sebastián bajó la mirada apenas un instante.
Juliana se limpió una lágrima con rabia antes de que cayera por completo.
—Habla. Termina lo que viniste a hacer. Dilo de una vez.
Sebastián levantó la vista y Juliana se la sostuvo sin parpadear.
»Dime que estoy despedida —continuó ella—. Dime lo que tu familia te mandó a decir. Dime que ahora que tu abuelo murió ya no necesitan a nadie como yo aquí. Hazlo. Al menos ten el valor de ser tú quien lo diga.
El pecho de Sebastián se tensó.
—No, yo no vine a decirte eso...
—¿Entonces a que viniste? —ella levantó un poco más la voz.
—Te herí, está bien, lo reconozco —dijo de él golpe, levantando también la voz—. Te lastimé. Lo sé. Lo que te hice no tiene nombre, y no hay nada que pueda hacer para remediarlo.
Juliana lo miró, sorprendida, porque, aunque había soñado con ese momento durante años, nunca esperó que en verdad sucediera.
»Pero no vine a hablar de eso —añadió él, como si necesitara aclararlo antes de perder el control.
Juliana soltó otra risa breve.
—¿No? —dijo, ladeando la cabeza. El desprecio en su voz era claro—. Entonces vete —continuó ella—. No estoy dispuesta a seguir escuchando arrepentimientos vacíos.
Y se giró, dispuesta a cerrarle la puerta en la cara, pero Sebastián reaccionó sin pensarlo. Extendió la mano y detuvo la puerta con fuerza.
Juliana frunció el entrecejo.
—¿Qué haces? —preguntó, más bajo ahora.
—Cásete conmigo —dijo él en un susurro.
El mundo pareció detenerse.
Juliana parpadeó, atónita, como si su mente se negara a procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué…? —musitó, sin creerlo.
Sebastián no retiró la mano de la puerta.
—Lo que oíste —repitió—. Cásate conmigo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Juliana jaló la puerta con brusquedad y se acercó a él.
—¿Y por qué rayos haría yo eso?
Sebastián cerró los ojos apenas un segundo y cuando los abrió, ya no había espacio para orgullo. Solo necesidad.
—Porque necesito casarme contigo —dijo.
Juliana lo miró como si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo.
—¿Te volviste loco o qué? ¿Cómo puedes pedirme semejante cosa despues de lo que me hiciste? ¿Cómo es eso que “necesitas casarte conmigo”?
Sebastián estalló.
—POR QUE MI JODIDO ABUELO DEJÓ UNA PUTA CLÁUSULA PARA PODER RECLAMAR MI HERENCIA.
Silencio.
—¿Ah sí? Pues jódete, Sebastián —espetó Juliana.
—No te estoy pidiendo que me ames, ¿de acuerdo? —comentó él, bastante alterado—. Sé que no tienes ninguna razón para hacerlo. Sé lo que te hice. Solo te estoy pidiendo… ayuda.
Juliana soltó una risa corta, incrédula.
—¿Ayuda? —repitió—. ¿Tú me estás pidiendo ayuda a mí?
Sebastián se acercó a ella, pero Juliana dio un paso atrás.
—¿Y qué obtengo yo a cambio? ¿Burlas tuyas? ¿De tus primos? ¿Humillaciones de tu familia?
—NO —Sebastián nego con la cabeza—. Puedo darte mucho dinero, propiedades... Lo que quieras.
—Ese es el problema con las personas como tú —dijo con despacio—, que creen que todo tiene precio.
—Por favor, solo será por un año y...
—No —añadió—. No me casaré contigo. Nunca.
Y sin más, ella entró al cuarto y cerró la puerta.
—Mierda —escupió él al fin, sin poder contener ya la rabia.
Se pasó una mano por la nuca y respiró hondo, pero el aire no le bajó la presión en el pecho. Dio un paso atrás, luego otro, mirando fijamente la puerta como si pudiera atravesarla con la mirada.
Dentro de la habitación, Juliana se quedó recostada contra la puerta, con la espalda apoyada en la madera. Su respiración estaba agitada, irregular, como si hubiera corrido demasiado. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza brutal. Lo que sentia no era solo enojo. Era confusión… y algo peor que no quería reconocer.
“Cásate conmigo.”
La frase rebotó en su cabeza.
Juliana cerró los ojos un instante, apoyando la cabeza contra la puerta.
—Qué absurdo… —susurró para sí misma.
En el pasillo, Sebastián exhaló con fuerza.
Se obligó a respirar más lento, como si eso pudiera devolverle algo de control. Pero no funcionó. El impulso seguía ahí. El deseo estúpido de golpear la puerta, de abrirla a la fuerza, de sacar a Juliana de su obstinación y hacerla escuchar, aunque fuera por un segundo, lo que él necesitaba decir.
Pero no lo hizo, porque él no era así. No era ese tipo de hombre.
—Juliana —llamó entonces, más bajo, intentando contener la tensión en su voz—. Por favor… escúchame.
—Vete —respondió ella.
Sebastián cerró los ojos un segundo.
—Solo… déjame explicarte.
—Vete, Sebastián —repitió ella, más firme, más fría—. No quiero escucharte.
Sebastián apretó los puños a los lados del cuerpo. El pecho le ardía. La frustración le subía como una ola que no encontraba salida, y durante un segundo, la idea de derribar la puerta pasó por su mente con una claridad peligrosa... Pero no lo hizo. Respiró hondo...
—Maldita sea… —murmuró, para sí, mientras se alejaba.







