La clínica olía a desinfectante y a algo más difícil de nombrar —esa mezcla peculiar de ansiedad contenida y esperanza cautelosa que impregna los lugares donde la vida se anuncia antes de ser bienvenida.
Gael había elegido el consultorio con la misma meticulosidad silenciosa con que elegía todo: sin explicaciones, sin consultar, dejando solo una dirección escrita en un papel doblado sobre la mesita de noche. Valeria lo había leído tres veces antes de entender que no era una instrucción sino una