—Ese bebé no puede ser parte de esta familia —dijo su padre—. Porque tú nunca lo has sido.El salón principal de la mansión Arístegui olía, como siempre, a cuero importado y a mentiras bien vestidas. La chimenea rugía en uno de los muros, aunque afuera el calor de la tarde era sufocante. Era un lujo innecesario, pero en aquella casa todo era innecesario y excesivo, salvo el afecto.Valeria Arístegui permanecía de pie frente al escritorio de caoba oscura donde su padre, Ernesto Arístegui III, había reinado durante décadas sobre un imperio de acero y silencios. A sus espaldas, el ventanal de dos pisos enmarcaba la ciudad como si el mundo entero les perteneciera. Y en la superficie del escritorio, entre los papeles de un contrato millonario y la pluma de firma que nunca se le ofrecía a ella, descansaba una tira de plástico blanco con dos líneas rosadas que cambiaban todo.La prueba de embarazo. Su prueba.—No sé cómo llegó eso a tus manos —dijo Valeria, manteniendo la voz tan firme como
Ler mais