La sala de espera de la clínica tenía tres sillas de plástico beige y una planta que nadie regaba con suficiente convicción. Valeria lo notó porque necesitaba notar algo pequeño, algo sin consecuencias, mientras esperaba que Gael terminara de firmar los formularios de alta en el mostrador. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo y el informe doblado dentro del bolso, contra la cadera, como si pudiera sentir su peso a través del cuero.
El ultrasonido había mostrado un latido. Pequeño, acelerado