La fiebre llegó sin aviso, como llegan las cosas que el cuerpo ha estado conteniendo demasiado tiempo.
Valeria lo supo cuando intentó incorporarse y el techo giró con una lentitud que no le pertenecía. Las sábanas estaban húmedas. La habitación —ese cuarto neutro, sin historia, que Gael había conseguido con la misma eficiencia silenciosa con que conseguía todo— olía a medicamento y a noche cerrada. Afuera no había sonido. Solo el tipo de quietud que existe en las ciudades a las tres de la madru